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SANDRO DE AMERICA: IDOLO EN MI ADOLESCENCIA Y AMIGO POR MI PROFESION.

Por Eduardo Marrazzi

Cuando a mis 17 años -en mi querido San Antonio de Areco- me dejaba las patillas, me peinaba como él, trataba de vestirme como él y me pasaba el día escuchando sus temas, jamás soñé con que un día llegaría a ser amigo de Sandro. Todo gracias a esta bendita profesión que es el Periodismo.

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Entrevistando a Sandro en un programa de Telefé.

Ya había escrito mucho sobre él cada vez que cumplía años, y el diario LA RAZON le dedicaba una página, recordando su biografía, sus éxitos en cine, televisión y discos. Esas notas incluían siempre un recuadro con foto del festejo de “sus nenas” (fanáticas) frente a su casa bunker de Banfield, al que alguna vez tuve que ir para hacer la nota de las señoras cantando sus temas, dejando flores y regalos junto al enorme paredón que resguardaba su intimidad.

El día que lo vi junto a Palito Ortega en la fiesta del Martin Fierro.

Si bien al principio no firmaba las notas, Roberto Sánchez sabía que yo era el autor de ellas a través de su jefe de prensa. En 1984 cumplía 24 años como solista y realizó un recital en el teatro Astros. Casualmente la noche del primer recital, yo llevaba a mi hermano Armando en mi auto por Corrientes hacia las cercanías del Luna Park donde él tomaría un colectivo para volver a su casa. En esa época Armando trabajaba en el Banco Nación Central y no estaba muy al tanto de lo que pasaba en el mundo del espectáculo. De pronto paramos en el semáforo de Corrientes y Esmeralda y vi que entre la gente cruzaba la avenida caminando iba Oscar Anderle, quien fuera representante de Sandro durante los primeros años de su carrera y con quien compartió la autoría de muchas canciones. Desde la ventanilla de mi viejo Citroen 3 CV lo saludé y me preguntó si iba a ver el recital. Le dije que no, que andábamos paseando. Anderle me ordenó: -“Dejá el auto en el estacionamiento de la esquina, y nos vemos en el hall del teatro, vénganse a ver a Sandro”. La cola de gente que esperaba era de casi una cuadra. Entramos al hall del Astros y allí estaba Oscar esperándonos con las entradas. Vimos extasiados aquel show y cuando salíamos, otra vez apareció Oscar y nos dijo:- “Vengan al camarín a saludar a Roberto que quiere conocerte”. Mi hermano no entendía nada. Llegamos al camarín y allí estaba él, fumando un puro y tomando whisky envuelto en su mítica bata roja. Nos invitó a sentarnos en un sillón y nos convidó con la bebida. Después del saludo me dijo:                    “-Aguántenme unos 20 minutos hasta que se vayan un poco Las Nenas porque si no a la salida me aplastan”. Charlamos, nos reímos y nos fuimos felices.

En mi adolescencia me dejaba las patillas y me peinaba como él.

En 1991, volvimos a vernos en mi primera Fiesta del Martín Fierro y ahí no estaba solo, estaba charlando con otro de mis ídolos de la adolescencia, Palito Ortega. Mi cara de sorpresa en la foto lo dice todo.

Guardo como un tesoro, el ticket de la fila Uno, para el primero de sus 18 recitales en el Gran Rex.

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Un año después lo entrevisté en uno de los programas de Susana Giménez. Y finalmente en 1993 fui invitado al primero de los 18 recitales del Gran Rex con el que festejó sus 30 años de éxitos. Me regaló una entrada para la Fila Uno (foto), guardé el ticket como un verdadero tesoro y fue otra noche inolvidable. Ese mismo año organizó una cena en el Club Sirio Libanés de Capital para los 40 Periodistas que más lo apoyaron en su carrera. Entre ellos estaba yo. Eran cinco mesas con ocho periodistas cada una y Sandro compartió 10 ó 15 minutos en cada mesa y no quiso fotos ni notas. Sólo agasajarnos. Esa noche nos regaló fotografías de él autografiadas, en mi caso para mi esposa Stella Maris (otro tesoro). Desgraciadamente, así como escribí sobre su vida y sus logros, también me tocó hacer su Necrológica el día que partió. En la nota comencé recordando los versos de su canción “Una muchacha y una guitarra”, en la que dice: “No quiero que me lloren/ cuando me vaya a la eternidad/ quiero que me recuerden/ como a la misma felicidad”. Así te recordaré siempre querido y admirado Sandro. ¡Gracias por tanto!

La foto enmarcada que Sandro le autografió a mi esposa, otro tesoro que guardamos con cariño.

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