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TRES HISTORIAS DE TANGO: HORACIO FERRER, EL POLACO GOYENECHE Y ALGO MÁS

Por Eduardo Marrazzi

Cuando yo tenía 25 años sabía lo suficiente de cine, teatro y televisión como para ocupar el lugar que ocupaba en la Sección Espectáculos de LA RAZON. Pero de lo que tenía muy pocos conocimientos era del mundillo del Tango. Conocía a muy poca gente del ambiente tanguero. Una noche Luis Pedro Toni me mandó a cubrir las elecciones de SADAIC. Me dijo que a las 21.00 terminaban de votar, hacían el recuento y que le dejara la nota con el resultado esa misma noche para las ediciones del día siguiente. No quisieron decirme que problema hubo cuando comenzó el recuento pero hicieron un cuarto intermedio hasta las cinco de la mañana. Los socios comenzaron a dejar la entidad, yo pensé que ir hasta mi casa en Quilmes no tenía sentido porque  podría dormir como mucho dos horas. En el diario podría quedarme aunque no había nadie en la redacción después de las doce de la noche. Entonces decidí quedarme en un sillón de SADAIC hasta que volvieran a recontar. Se fueron todos y quedó un señor alto, corpulento y muy amable que me preguntó si me iba a quedar allí. Le expliqué mi situación y me dijo: -“Si no le molesta, yo vivo a media cuadra, tomamos un café y descansa en un sillón hasta que volvamos. Acepté, el gordito cerró la entidad y nos fuimos a su casa. Todo el living estaba prácticamente forrado en fotos del señor corpulento con otro muy flaquito acompañados por figuras como Tita Merello, El Polaco Goyeneche, Aníbal Troilo, Edmundo Rivero y otros tangueros que seguramente eran muy famosos pero yo no conocía. Cuando volvió de la cocina le dije: -“Disculpe mi ignorancia, pero ¿por qué usted y el otro señor delgadito están en tantas fotos con tangueros famosos? Y su respuesta me dejó paralizado:- “Porque yo soy Virgilio Expósito y el flaco que le está preparando el café es mi hermano Homero Expósito. Somos los autores de “Naranjo en flor” y muchos otros tangos conocidos.  No dormimos nada, nos quedamos los tres tomando café y yo alucinado escuchando sus anécdotas de vida hasta que llegó la hora de volver a SADAIC.

Con Horacio Ferrer en la redacción de Crónica.

Otro talentoso que conocí por casualidad y del que terminé siendo muy amigo se llamaba Horacio Ferrer y era nada menos que quien le ponía letras a los tangos de Astor Piazzolla. Vivía en el Hotel Alvear y varias veces lo entrevisté en la confitería de la planta baja. También compartí una noche en el Bingo de Quilmes con él y mi amigo y colega Carlos Dentone. Pero la última nota se la hice en la redacción del diario Crónica. Allí tenía una compañera que lo idolatraba y admiraba sus versos inigualables como los de “Balada para un loco”, “Chiquilín de Bachín” o “Balada para mi muerte”, por nombrar alguno. Cuando terminamos la nota le pedí que me acompañe al escritorio de mi compañera y le recitara algo. Ferrer aceptó y después de saludarla muy ceremoniosamente le dijo:-“Loco, loco, loco… como un acróbata demente saltaré/ sobre el abismo de tu escote/ hasta sentir, que enloquecí tu corazón/ de libertad… ya vas a ver”. Mientras tanto, a mi compañera le rodaban dos lagrimones por sus mejillas. Un groso don Horacio. Un poeta inigualable.

Con Horacio Ferrer y mi colega Carlos Dentone en Quilmes.

Finalmete, quiero contarles que una noche me enviaron a hacerle una nota al inefable Polaco Goyeneche en el mítico local de “Caño 14”. Terminó de cantar y me recibió en su camarín charlamos y nos sacamos la foto que ilustra esta nota. Dos veces tosió durante la charla y le pregunté si estaba bien de salud. Y me dio una respuesta que jamás olvidé. Me dijo: -“Estoy bien, pero si después de los 40 te despertás y no te duele nada es porque estás muerto”. Risas y fin de la nota.

Con el Polaco Goyeneche en  el mítico reducto porteño “Caño 14”.

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Volví a verlo inaugurando una Tanguería. Empezó a cantar y se cortó la luz. Entonces, le dijo a los músicos que siguieran tocando y cantó a capella dos tangos, mesa por mesa. Un capo. La última vez que lo vi fue en “New York City”. Una empresa lo había contratado para el lanzamiento de un producto y era una noche de gala con muchos invitados famosos. Yo había ido a cubrir el evento para la revista Gente. Cuando entré el Polaco estaba cantando. De pronto, un flaco desgarbado y de pelo largo subió al escenario y se sentó en un rincón a escucharlo. Cuando terminó de cantar, se abrazaron. El intruso era un tal Charly García y aquí se imponía la frase: “Dos potencias se saludan” mientras sonaban un aplauso y una ovación para los dos.

Homero Expósito y su hermano Virgilio, dos talentosos incansables.

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